LITERATURA /// Lecturas

Tragicomedia pop entre dos derrumbes

AL LÍMITE /// Thomas Pynchon

Tusquets, 2013

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En las últimas páginas de Al límite cuesta identificar al amante de un personaje femenino de segundo orden, pero eso apenas importa ya y tampoco el desenlace de la novela. Para entonces, Thomas Pynchon ha dejado turulato al lector en el doble sentido que otorga la RAE al adjetivo: alelado, estupefacto. El alelamiento se debe al torrente de referentes políticos, económicos, culturales, sociológicos y tecnológicos que le cae encima nada más introducirse en una ficción todo lo ambiciosa y desprejuiciada que cabe esperar de semejante autor. La estupefacción surge al reparar en la variedad y eficacia de los registros narrativos con que apuntala una trama-trampa cuyas claves conviene desentrañar conforme a la cita inicial, de Donald E. Westlake: “Nueva York, como personaje en una obra de misterio, no sería el detective, ni tampoco el asesino, sería el enigmático sospechoso que conoce lo que de verdad ha sucedido, pero no va a contarlo”.

 

Dar por sentado que Al límite es un libro de esa clase significa ir demasiado lejos, pero en sus casi 500 páginas hay misterio a raudales. Y también un elenco de indudable gancho: emprededores punto.com, terroristas yihadistas, asesinos de los servicios secretos estadounidenses, mafiosos rusos, agentes del Mosad, geeks, nerds, activistas de ultraizquierda, tiburones de las finanzas... El tono paródico determina el enfoque del retrato de una metrópolis conmocionada por dos estruendosos derrumbes: el de la burbuja tecnológica y el de las Torres Gemelas. La caterva creada por Thomas Pynchon no puede ser más neoyorquina. Mayoritariamente joven (o cerca de dejar de serlo), acelerada, lenguaraz, exhibicionista y obsesionada con el éxito y el sexo, responde al estereotipo de habitante de la isla de Manhattan, poblada, de hacer caso a la literatura, el cine y el psicoanálisis, por individuos tan ambiciosos como inestables, mitad genios mitad atorrantes. Los que pululan por Al Límite tienen ese perfil, pero también la encarnadura suficiente como para hacer creíble su histérico proceder. Y son tan numerosos que se agradecería un dramatis personae, ausente de una edición española en la que hay, qué menos, un breviario sobre la jerga cibernética que determina la textura semántica de la novela.

 

El último Thomas Pynchon parece reclamar, más que otra adaptación cinematográfica, como la que acaba de convertir su Vicio propio en Puro vicio, un musical trepidante y diabólico, algo nunca visto en Broadway ni en los sucesivos Off Broadway. Es lo que corresponde a una ficción espasmódica, enloquecida, divertidísima, capaz de extraer todo cuanto la gran literatura tiene de juego. En ese sentido, y pese a la pérdida de la idea de riesgo tecnológico del Bleeding Edge original, resulta acertado el título castellano. Una novela al límite, sí, por lo disparatado de la trama, la velocidad narrativa, la acerada visión de la existencia en la Gran Manzana, lo barroco de su estilo, la profusión de retruécanos, chinchorrerías, chistes, mofas, exabruptos, maldades...E incluso más allá del límite si se consideran las apabullantes referencias a la cultura popular estadounidense (programas informáticos, videojuegos, películas de género, series de television, hits musicales, modas callejeras, juguetes infantiles, platos combinados...) y el retorcimiento de los tópicos que han ido forjando la identidad de su ciudadanía (el destino manifiesto; el Este, el Oeste y el Medio Oeste; California y Nueva York; el universo familiar de los judíoamericanos; las teorías de la conspiración; las instalaciones secretas de guerra nuclear; la paronoia cibernética...), formada ahora en palabras de Thomas Pynchon por “fundamentalistas de la supervivencia” convencidos de estar siendo atacados por “fundamentalistas del sucidio-genocidio”.

 

Al límite crece de sarcasmo en sarcasmo hasta el apoteósico sarcasmo final, ya que ninguno de sus misterios se desvela. Que, pese a haber perdido la licencia, Maxine Tarnow, la hiperactiva, mordaz y malcasada protagonista, investigue fraudes económicos tiene su miga porque todo a su alrededor es un fraude, y también cuanto se cuece en el Internet profundo, insondable universo de pixeles donde los poderes de siempre libran una guerra sin cuartel. Nada más comenzar la novela, el narrador descubre sus cartas al defender que “la paranoia es el ajo de la cocina de la vida”, idea reafirmada cuando, ya en las páginas finales, y antes de huir despavorido a la Costa Oeste, uno de los personajes previene a la detective de que “todos los que se acercan demasiado a la verdad desparecen”. El agitadísimo mundo recreado en Al límite es como para echarse a temblar, pero Thomas Pynchon lo procesa con gran estilo y sorna infinita. Única manera de superar el reto que parece haberse marcado: escribir una retorcida tragicomedia pop sobre un concreto momento de Nueva York, aquel en que comenzaban a coexistir las rolodex y las agendas digitales.

 

Para acabar, un consejo, o mejor dos por el mismo precio. El primero: leer esta novela requiere esfuerzo, pero vale la pena hacerlo, la recompensa está garantizada. El segundo: no pasa nada por perder ocasionalmente el hilo de lo que se cuenta ni, mucho menos, por no entender detalles o abrumarse por las menciones a videojuegos, culebrones, héroes de comic, cadenas de comida rápida, perfumes vintage, tanques de privación sensorial, cursos tutoriales de control de la irritación, estafas pirámidales, iteracciones del ADN, bugs epistemológicos, kraw maga, el Mountauk Projet...Pynchon tiene un patio literario de lo más particular, pero a la vez libérrimo. No se exige etiqueta para frecuentarlo. El lector goza de las mismas prerrogativas que se concede el autor. Si él muestra desprecio por los libros (apenas incluye la alusión a Tácito de un pistolero de la CIA y otra a Susan Sontag de una irreductible izquierdista judía neoyorquina), cabe también ignorar su retahíla de estrambóticos saberes wikipédicos. Y tampoco hay que fiarse de toda la banda sonora que cuela en su escritura, desde Dean Martin a los Rolling Stones, desde el Purple Haze de Jimi Hendrix al Ti Ne Odin de los rusos DDT. Por ejemplo, cataloga de “clásico muy raramente escuchado” a Soul Gidget, tema inexistente de Meatball Flag, banda que inventó en Vicio propio. Se trata solo de un guiño autorreferencial. Y no resulta fácil, ni por supuesto imprescindible, apreciar semejante doble ración de coña pynchoniana, en este caso con retintín antijaponés.

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